sábado, 15 de diciembre de 2018

Año nuevo.......(Fermín Hood)






AÑO NUEVO


¡Oh, la familia que sufre unida.....!

Arístides el padre, sin dientes que lavar;
la inválida Dolores hace las veces de  madre;
la Afrodita de la casa,  postrada por un temprano reumatismo; 
abandonado Emirito a su suerte cuando recién fue parido; 
Esteban destrozado por el consumo de drogas, destrozando los pocos enseres que sobrevivían a las deudas.....
Fabiana, no se vendió la última noche y huele a alcohol barato...

En fin...son hombres, mujeres y  penas  reunidos en el caño de la 6 con 30  para intentar un rosario antes de recibir un nuevo año que con toda seguridad....será mejor....

martes, 6 de noviembre de 2018

Poema de Nicolás Guillén



FUSILAMIENTO

Van a fusilar 
a un hombre que tiene los brazos atados; 
hay cuatro soldados 
para disparar. 

Son cuatro soldados 
callados, 
que están amarrados, 
lo mismo que el hombre amarrado que van a matar. 
-¿Puedes escapar? 
-¡No puedo correr! 
-¡Ya van a tirar! 
-¡Qué vamos a hacer! 
-Quizá los rifles no están cargados... 
-¡Seis balan tienen de fiero plomo! 
-¡Quizá no tiren esos soldados! 
-¡Eres un tonto de tomo y lomo! 

Tiraron. 
(¿Cómo fue que pudieron tirar?) 

Mataron. 
(¿Cómo fue que pudieron matar?) 

Eran cuatro soldados 
callados, 
y les hizo una seña, bajando un sable, un señor oficial; 
eran cuatro soldados 
atados, 
lo mismo que el hombre que fueron los cuatro a matar.


(Nicolás Guillén)

sábado, 3 de noviembre de 2018

Mi chico no era malo - Gabriel Celaya


MI CHICO NO ERA MALO...

Mi chico no era malo, 
dice. 
Tenía muchas novias, 
claro. 
Tocaba la guitarra 
y algo 
le bailaba en los dedos, malo. 

Yo no digo que no fuera 
raro, 
pero explíqueme, Señor, 
por qué lo fusilaron.


(Gabriel Celaya)

viernes, 2 de noviembre de 2018

Primero cogieron..... - Bertold Brecht




PRIMERO COGIERON...

Primero cogieron a los comunistas, 
y yo no dije nada por que yo no era un comunista. 
Luego se llevaron a los judíos, 
y no dije nada porque yo no era un judío. 
Luego vinieron por los obreros, 
y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista. 
Luego se metieron con los católicos, 
y no dije nada porque yo era protestante. 
Y cuando finalmente vinieron por mí, 
no quedaba nadie para protestar.


(Bertolt Brecht)

miércoles, 31 de octubre de 2018

Petronio, novelista - Marcel Schwob (Vidas imaginarias)



PETRONIO
Novelista

Nació en los días en que saltimbanquis vestidos con trajes verdes hacían pasar a cerditos amaestrados por aros de fuego; cuando porteros barbudos, con túnica cereza, desgranaban legumbres en una bandeja de plata, delante de los mosaicos galantes a la entrada de las quintas; cuando los libertos, llenos de sestercios, maniobraban en las ciudades de provincia para obtener cargos municipales; cuando los rapsodas, a los postres, cantaban poemas épicos; cuando el lenguaje estaba relleno de vocablos de ergástulo y redundancias ampulosas venidas de Asia.
Su infancia transcurrió entre elegancias como esas. No se ponía dos veces seguidas una lana de Tiro. La platería que caía en el atrio se hacía barrer junto con la basura. Las comidas estaban compuestas por cosas delicadas e inesperadas y los cocineros variaban sin cesar la arquitectura de las vituallas. No había que asombrarse si al abrir un huevo se encontraba una pasa de higo, ni temer cortar una estatuilla imitación de Praxíteles esculpida en foiegras. El yeso que tapaba las ánforas estaba diligentemente dorado.
Cajitas de marfil indio encerraban perfumes ardientes destinados a los convidados. Los aguamaniles estaban perforados de diversas maneras y llenos de aguas coloreadas que sorprendían al surgir. Toda la cristalería representaba monstruosidades irisadas. Al asir ciertas urnas las asas se rompían en los dedos y los flancos se abrían para dejar caer flores artificiales pintadas. Pájaros de África de cabeza escarlata cacareaban en jaulas de oro. Detrás de rejas incrustadas en las ricas paredes de las murallas, chillaban muchos monos de Egipto que tenían caras de perro. En receptáculos preciosos reptaban animales delgados que tenían flexibles escamas rutilantes y ojos con rayas de azur.
Así Petronio vivió blandamente, pensando que hasta el aire que aspiraba había sido perfumado para su uso. Cuando hubo llegado a la adolescencia, luego de haber encerrado su primera barba en un cofre ornado, comenzó a mirar alrededor de él. Un esclavo cuyo nombre era Siro, que había servido en el circo, le enseñó cosas desconocidas. Petronio era pequeño, negro y bizqueaba de un ojo. No era de ningún modo de raza noble. Tenía manos de artesano y un espíritu culto. De ahí que le fuese placentero darles forma a las palabras e inscribirlas. Estas no se parecían en nada a lo que los poetas antiguos habían imaginado. Porque se esforzaban por imitar a todo lo que rodeaba a Petronio. Y no fue sino más tarde cuando tuvo la fastidiosa ambición de componer versos.
Conoció entonces a gladiadores bárbaros y charlatanes de feria, hombres de miradas oblicuas que parecían echar el ojo a las legumbres y descolgaban pedazos de carne, niños de cabellos rizados que paseaban a senadores, viejos parlanchines que discurrían sobre los asuntos de la ciudad en las esquinas, lacayos lascivos y rameras advenedizas, vendedores de frutas y patrones de albergues, poetas lamentables y sirvientas picaras, sacerdotisas equívocas y soldados errantes. Fijaba en ellos su ojo bizco y captaba con exactitud sus modales y sus intrigas. Siro lo llevaba a los baños de esclavos, a las celdas de las prostitutas y a los reductos subterráneos donde los figurantes de circo se ejercitaban con sus espadas de madera. A las puertas de la ciudad, entre las tumbas, le confió las historias de los hombres que cambian de piel, que los negros, los sirios, los taberneros y los soldados guardianes de las cruces de tortura se pasaba» de boca en boca.
Alrededor de los treinta años, Petronio, ávido de esa libertad diversa, comenzó a escribir la historia de esclavos errantes y disipados. Reconoció sus costumbres en medio de las transformaciones del lujo; reconoció sus ideas y su lenguaje en medio de las conversaciones elegantes de los festines. Solo ante su pergamino, apoyado en una mesa olorosa de madera de cedro, dibujó con la punta de su cálamo las aventuras de un populacho ignorado. A la luz de sus altas ventanas, bajo las pinturas de los artesones, imaginó las antorchas humeantes de las hosterías y ridículos combates nocturnos, molinetes de candelabros de madera, cerraduras forzadas a hachazos por esclavos de la justicia, camastros grasientos recorridos por chinches y recriminaciones de procuradores de islote en medio de aglomeraciones de pobre gente vestida con cortinas desgarradas y trapos sucios.
Se dice que cuando acabó los dieciséis libros de su invención, mandó llamar a Siro para leérselos, y que el esclavo reía y gritaba muy fuerte golpeando sus manos. En ese momento maquinaron el proyecto de llevar a la práctica las aventuras compuestas por Petronio. Tácito refiere mentirosamente que Petronio fue arbitro de la elegancia en la corte de Nerón y que Tigelino, celoso, le hizo enviar la orden de muerte. Petronio no se desvaneció delicadamente en una bañera de mármol, murmurando versitos lascivos.
Huyó con Siro y terminó su vida recorriendo los caminos.
Su apariencia le permitía disfrazarse con facilidad.
Siro y Petronio cargaron un poco cada uno el pequeño saco de cuero que contenía sus enseres y sus denarios. Durmieron a la intemperie, junto a los túmulos de las cruces.
Vieron brillar tristemente en la noche las pequeñas lámparas de los monumentos fúnebres.
Comieron pan agrio y aceitunas blandas. No se sabe si volaron. Fueron magos ambulantes, charlatanes de campaña y compañeros de soldados vagabundos. Petronio olvidó completamente el arte de escribir tan pronto como vivió la vida que había imaginado. Tuvieron jóvenes amigos traidores a los que amaron, y que los abandonaron en las puertas de los municipios quitándoles hasta su último as. Se entregaron a toda clase de desenfrenos con gladiadores evadidos. Fueron barberos y mozos de baños.
Durante varios meses vivieron de panes funerarios que sustraían de los sepulcros.
Petronio aterrorizaba a los viajeros con su ojo opaco y su negrura que parecía maliciosa.
Desapareció una noche. Siro pensó que lo encontraría en una celda roñosa donde habían conocido a una ramera de cabellera enredada. Pero un carnicero ebrio le había hundido una ancha hoja en el pescuezo, cuando yacían juntos, a campo raso, en las losas de una sepultura abandonada.

martes, 30 de octubre de 2018

Woody Allen - Para acabar con los regímenes de bajas calorías



Para acabar con los regímenes de bajas calorías
Reflexiones de un sobrealimentado


(Después de leer a Dostoievsky y una nueva revista de dietética durante el mismo viaje en avión.)

Soy gordo. Soy asquerosamente gordo. Soy el ser humano más gordo que conozco. Lo único que tengo es exceso de peso en todo el cuerpo. Tengo los dedos gordos. Tengo las muñecas gordas. Mis ojos son gordos. (¿Puedes imaginar ojos gordos?) Tengo muchos kilos de más. Se desparrama la carne sobre mí como el chocolate caliente encima de un helado. Mi cintura es motivo de asco para todos los que me miran. No hay la más mínima duda, soy lo que se dice un montón de grasa. Quizá, pregunte el lector, ¿hay ventajas o desventajas en tener forma de planeta? No es mi intención hacerme el gracioso o hablar con paradojas, pero debo contestar que la gordura en sí está por encima de la moral burguesa. Simplemente se trata de gordura. Que la gordura pueda tener un valor en sí, que la gordura pueda ser, pongamos por caso, mal vista o lamentable, es, por supuesto, una broma. ¡Qué absurdo! Porque, después de todo, ¿qué es la gordura si no una acumulación de kilos? ¿Y qué son los kilos? Simplemente un compuesto agregado de células.
¿Acaso una célula puede ser moral? ¿Está una célula más allá del bien y del mal? ¿Quién sabe? ¡Son tan pequeñas! No, amigo, jamás debemos tratar de distinguir entre una gordura buena o mala. Debemos acostumbrarnos a considerar al obeso sin emitir juicios, sin pensar: «la gordura de este hombre es una gordura de primera categoría» o «la de este pobre diablo es lamentable».
Consideremos el caso de K. Era un tipo porcino hasta el punto de que no podía pasar por el marco normal de una puerta sin la ayuda de una palanca. Es cierto que a K. no se le ocurría pasar de una habitación a otra en una vivienda convencional sin desnudarse antes completamente y luego untarse con mantequilla. Imagino los insultos que debe de haber sufrido K. por parte de pandillas de jóvenes groseros. ¡Con qué frecuencia deben haberle llamado a gritos «globo terráqueo» o «ballena»! ¡Qué humillación debió ser para él que el gobernador de su estado se dirigiera a él, en la víspera de la fiesta de San Miguel, y le interpelara delante de los dignatarios  «¡Usted, el gordo, esa inmensa olla de canelones!».
Entonces, un día, cuando K. no pudo ya soportar esa situación, se puso a régimen. ¡Sí, a régimen! Primero sacrificó los dulces. Luego, el pan, el alcohol, las féculas, las salsas. En suma, K. sacrificó el relleno que hace que un hombre no pueda atarse los zapatos sin la ayuda de los Hermanos Santini. Poco a poco empezó a adelgazar. Cayeron los pliegues de carne de los brazos y de las piernas. Y allí donde había parecido como un gato castrado, ahora, de pronto, aparecía normal. Sí, incluso atractivo. Parecía el más feliz de los mortales.
Digo «parecía», porque, dieciocho años más tarde, cuando estaba con un pie en la tumba y la fiebre le convulsionaba el delgado esqueleto, se le oyó decir: «¡Mi gordura! ¡Que me devuelvan mi gordura! ¡Oh, por favor! ¡Quiero mi gordura! ¡Oh, que alguien me regale un poco de peso! ¡Qué tonto he sido! ¡Abandonar mi gordura! ¡Debo haber caído en las garras del Demonio!».. Pienso que la moraleja de la historia es obvia.
Ahora, quizás el lector esté pensando: «¿Por qué, si eres más obeso que un cerdo, no te has metido en un circo?». Porque (y lo confieso con no poca vergüenza) no puedo salir de casa. No puedo salir porque no puedo ponerme los pantalones. Mis piernas son demasiado gordas. Son el resultado viviente de la absorción de tanto corned-beef como el que hay en La Pampa. Diría que alrededor de doce mil sandwiches por pierna. Y no todos de carne magra, aunque así los pedí. Una cosa es cierta: si mi gordura hablara, quizás hablaría de la inmensa soledad del hombre... con, ¡oh!, tal vez unas indicaciones adicionales para la confección de barquitos de papel, pero eso ya no es tan seguro. Cada gramo de mi cuerpo desea con todas sus fuerzas enviar un mensaje al mundo. Mi gordura es una gordura extraña. Ha visto de todo. Sólo mis pantorrillas han vivido ya toda una vida. La mía no es una gordura feliz, pero es real. No es una gordura falsa. Lo peor que puedes tener es una gordura falsa, aunque no sé si aún está a la venta.
Pero déjame decirte cómo pasé a ser gordo. Porque no siempre fui gordo. La Iglesia me ha hecho así. En un tiempo era delgado, bastante delgado. De hecho, tan flaco que llamarme gordo hubiera sido un evidente error de percepción. Seguí flaco hasta el día (pienso que fue cuando cumplí veinte años) en que estaba tomando té y bizcochos con un tío mío en un buen restaurante. De improviso mi tío me sorprendió con una pregunta: «¿Crees en Dios? Si crees en El, ¿cuánto crees que pesa?». Después de estas palabras, aspiró de su cigarro una profunda y prolongada bocanada y, con ese modo intimista y confiado que cultivaba, prorrumpió en un ataque de tos tan violento que pensé que sufriría una hemorragia.
—No creo en Dios —le dije—, porque, si existe un Dios, entonces, dime, tío, ¿por qué existe la pobreza y la calvicie? ¿Por qué algunos hombres pasan por la vida inmunes a mil enemigos mortales de la especie y otros pescan unas gripes que duran semanas enteras? ¿Por qué tenemos los días contados y no clasificados por orden alfabético? Contéstame, tío. ¿O es que te he dejado perplejo?
Sabía que estaba a buen resguardo porque no había nada que pudiera sorprender a ese hombre. Habría podido haber visto sin chistar cómo los turcos violaban a la madre de su maestro de ajedrez. El incidente le hubiera parecido divertido aun cuando encontrase que le había hecho perder demasiado tiempo.
—Querido sobrino —me dijo—, hay un Dios, pese a lo que piensas, y El está en todas partes. ¡Así es! ¡En todas partes!
—¿En todas partes, tío? ¿Cómo puedes decir eso cuando ni siquiera sabes seguro que existe? Es verdad que en este momento te estoy tocando la verruga, pero ¿acaso no podría tratarse de una ilusión? ¿Acaso toda la vida no podría ser una ilusión? Por cierto, ¿no existen acaso ciertas sectas de santones en Oriente que están convencidos de que nada, existe fuera de sus mentes con la excepción de la marisquería de la esquina? Simplemente, ¿no será que estamos solos y a la deriva, sin esperanza de salvación ni la menor posi¬bilidad de nada, salvo la miseria, la muerte, y la vacía realidad de la nada eterna?
Pude comprobar que le había causado una profunda impresión con mi discurso porque me dijo:
—¿Y aún te sorprendes de que no te inviten a más fiestas? ¡Es que llevas un morbo encima que asusta!
Me acusó de nihilista y luego dijo en ese tono sentencioso que adoptan los viejos:
—Dios no siempre está donde uno lo busca, pero te aseguro querido sobrino, que El está en todas partes. En estos bizcochos por ejemplo.
Con esas palabras, se retiró dejándome su bendición y con un cuenta que parecía la lista de víveres de un portaaviones.
Regresé a casa preguntándome lo que había querido decir con esa simple declaración: «El está en todas partes. En estos bizcochos, por ejemplo». Mareado y de mal humor, me eché en la cama y dormí una corta siesta. En ese momento, tuve un sueño que me cambió la vida para siempre. En el sueño, yo caminaba por el campo cuando, de pronto, me daba cuenta de que tenía hambre. Estaba muerto de hambre, si prefieres. Llegué a un restaurante y entré. Pedí un sandwich caliente de roast-beef y una ración de patatas fritas. La camarera, que se parecía a mi portera (una mujer absolutamente insípida que recuerda un montón de líquenes peludos), me insinuó que pidiera una ensaladilla de pollo que no parecía recién hecha. Mientras conversaba con esa mujer, ella se convirtió en un juego de cubiertos de veinticuatro piezas. Me puse histérico de risa, de pronto me
deshice en lágrimas y pesqué una seria infección en el oído. La habitación se inundó de un brillo radiante y vi que se aproximaba una figura fulgurante en un corcel blanco. Era mi callista y caí al suelo convulsionado por un sentimiento de culpabilidad.
Así fue mi sueño. Me desperté con una tremenda sensación de bienestar. De improviso, me sentí optimista. Todo estaba claro. Las palabras de mi tío repercutieron en lo más profundo de mi ser. Me dirigí a la cocina y empecé a comer. Devoré todo lo que había a la vista. Pasteles, panes, cereales, carne, frutas. Chocolates suculentos, verduras con salsa, vinos, pescado, cremas y pastas, merengues y salchichas, superando con mucho los sesenta mil dólares. Si Dios está en todas partes, había sido mi conclusión, entonces también está en la comida. Por consiguiente, cuanto más tragara, más santo sería. Llevado por este nuevo fervor religioso, me cebé como un condenado. En seis meses, era el más santo de todos los santos, con un corazón completamente dedicado a la oración y un estómago que, él sólito, cruzaba la frontera estatal. La última vez que me vi los pies fue una mañana de martes en Vitebsk, aunque, según creo, aún están allí abajo. Comí y comí y crecí y crecí.. Adelgazar hubiera representado la peor de las locuras. ¡Hasta un pecado! Porque, cuando perdemos diez kilos, querido lector (y supongo que no tienes mis dimensiones), ¡quizás estemos perdiendo los mejores diez kilos que tenemos! Quizás estemos perdiendo los kilos que contienen nuestro genio, nuestra humanidad, nuestro amor y nuestra honradez. (Excepto en el caso de un inspector que conozco que sólo perdió unos pocos michelines alrededor de la cin¬tura.)
Sé muy bien lo que vas a decirme. Dirás que esto está en completa contradicción con todo, sí, con todos los principios que antes enuncié. ¡De pronto, va y atribuyo valores a esta carne nuestra que no es más que eso: carne! Sí, ¿y qué? ¿Acaso la vida no está hecha de ese mismo tipo de contradicciones? La opinión que uno tenga de la gordura puede cambiar del mismo modo que cambian las estaciones, que se nos cambia el pelo, que cambia la misma vida. Porque la vida es cambio y la gordura es vida y la gordura también es muerte. ¿No te das cuenta? ¡La gordura lo es todo! A menos, por supuesto, que tengas demasiada.


















sábado, 27 de octubre de 2018

Esperanza - Fermín Hood (Sin horizonte)




ESPERANZA
  
El caminante solitario
perdido en las arenas
bebe lágrimas de pesadumbre...

Levanta la mirada
pone dos dedos sobre sus labios
y saluda
el vuelo del águila.