jueves, 22 de diciembre de 2016

Poema de Bertold Brecht



Un poema de Bertold Brecht

Lo que tenéis que aprender
es el arte de la observación.
Tú, como actor
debes primeramente dominar
el arte de la observación.
Ya que lo importante es,
no cómo te ves tú,
sino lo que has visto
y muestras a la gente.
A la gente le importa saber
lo que sabes tú.
A ti te observarán
para saber si has observado bien.


martes, 20 de diciembre de 2016

Florero de Llorente



Florero de Llorente (El día que le pegamos a Llorente -20 de julio de 1810)

NARRADOR:  Me acuerdo muy bien: todos nos levantamos muy temprano ese día. Era viernes. Los mercachifles y marchantas del mercado semanal, en número  mucho mayor que el acostumbrado, ocuparon sus puestos en la Plaza Mayor, que ahora le llaman "de Bolívar", con tal orden y disciplina, que ya a las cuatro y media de la mañana estaba cada uno en su lugar, con sus achicorias, arracachas, coles y verdolagas dispuestas para el regateo. Había un silencio raro en el aire y se percibía una tensión general, como  si todos supieran que algo muy gordo estaba a punto de suceder. Hasta los perros de los marchantes, con las narices mojadas por la niebla fría del amanecer, vigilaban anhelantes la esquina del Cabildo, las ventanas del Palacio del Virrey, la explanada del Colegio de San Bartolomé y la puerta de la Cárcel Mayor.
A las cinco en punto comenzó la misa en la Catedral, que a esa hora estaba ya repleta hasta los topes. Todos los adultos comulgaron, mirándose con recelo los unos a los otros. Los señores chapetones y sus familias,  ocupando los bancos más cercanos al altar, echaban de vez en cuando miradas de odio y desprecio a los criollos y sus familias, que se mantenían todos agrupados más atrás, muy dignos, en las bancadas cercanas a la puerta. El populacho, la plebe, la chusma, es decir el pueblo humilde, honrado y trabajador, oía la misa y se rascaba los piojos de pie, en las naves laterales, donde las imágenes de los santos milagrosos miraban al cielo con expresión de sufrimiento, agobiadas por el olor a ruana sudada, alpargata macerada y enjalma inmemorial. Todos estaban nerviosos, aunque todos estaban estragados por el sueño y el cansancio. Nadie había dormido la noche anterior. En las casas de los criollos más notables se había permanecido en vela, y grupos de campesinos y arrieros "voluntarios" habían montado guardia en los portones y zaguanes, porque corría la voz de que los chapetones planeaban asesinar a las diecinueve familias más importantes de la cachaquería. Circulaba una lista, supuestamente hecha por los españoles, en que constaban los nombres de los jefes de esas familias: el señor Emigdio Benítez Plata en primer lugar, don Camilo Torres en segundo, don José Acevedo y Gómez en tercero... A este plan siniestro se le había dado el nombre de "La Conspiración Infiesta", porque era precisamente el señor Infiesta, oidor de la Real Audiencia, quien había dicho en corrillo de amigos y compadres que era necesario eliminar a los criollos de más prestigio para garantizar el orden y la tranquilidad. El señor Infiesta pertenecía a esa clase de cretinos que creen posible tranquilizar al pueblo asesinándole su gente.
 Los chapetones también estaban agotados, porque entre ellos había corrido  el rumor de que esa noche los criollos iban a hacer una matanza general de españoles. Por eso, aunque se habían ido a dormir temprano, se les había pasado la noche revolcándose en la cama, intranquilos, tratando de creer en las palabras del oidor Hernández de Alba:  - "Los americanos son como los perros sin dientes: ladran, pero no muerden".
Yo también estaba sin dormir, porque mi papá me había llevado a la casa del sabio Caldas, donde se hizo una reunión en la que participaron don Camilo Torres, don Frutos Joaquín Gutiérrez, don José Acevedo y Gómez, don Miguel Pombo, don Francisco Morales, y otros varios cachacos de lo más fino. Recuerdo que don Camilo Torres, muy elegante con su casaca de paño color carmelita y sus pantalones de lino blanco, se paseaba de un lado a otro y dos o tres veces se lamentó de la ausencia de don Antonio Nariño. Ya hacía dos meses que los malditos chapetones habían mandado a Nariño a Cartagena, con grilletes en las manos y en los pies, porque sospechaban  que don Antonio estaba preparando un motín para disolver al Reino.  Recuerdo también que a mí, por ser niño, me dieron agua de panela y unas galletas, y que ellos tomaron café con excepción del sabio Caldas, que prefería el "té de Bogotá", traído de la finca de Nariño.
A mí me gustaba mucho estar cerca de Caldas, porque parecía como un niño, con la casaca abierta y la camisa desabrochada, siempre dibujando mamarrachos y fórmulas incomprensibles en sus cuadernos de apuntes. Esa noche, mientras don Camilo Torres daba instrucciones severas a todos y explicaba que era necesario provocar un incidente violento con los chapetones, haciéndolos aparecer a ellos como culpables, porque, según decía, "para asegurar el éxito es necesario que la chispa incendiaria parta del vivac enemigo", Caldas dibujó en un pedazo de papel un óvalo cruzado por una raya, más o menos así:  y me preguntó: "A ver, jovencito, ¿qué significa esto?" Yo examiné el enigma desde la altura de mis doce años y le contesté sin vacilar: "O larga y negra partida". El se echó a reír y me dijo: "Esa interpretación  vale para cuando a uno lo van a fusilar: ¡Oh, larga y negra partida...!
Por ahora la explicación es otra, y yo se la resumo diciendo que basta con partir un solo eslabón para que se rompa toda la cadena". Don José Acevedo y Gómez, que oyó estas últimas palabras, comentó: "Eso es muy cierto. Y lo que necesitamos en este momento es saber cuál es el eslabón que conviene partir". Luego se llevó a mi papá a un rincón y le habló en voz baja. Los ví discutir unos instantes. Después de eso mi papá vino y me ordenó: "Vaya y acuéstese en la otra pieza. Duérmase, porque mañana tenemos mucho que hacer, y yo lo voy a necesitar para que traiga y lleve recados". Yo le hice caso porque me di cuenta de que ellos querían discutir lo del eslabón sin que mis orejas pudieran oir. Mi papá era admirador de Rousseau y a mí me educaba según el método propuesto en el "Emilio", y por eso para mí era muy fácil obedecerle. Yo confiaba en él. He contado todo esto para que ustedes entiendan que al amanecer del 20 de julio de 1810 todos los habitantes de Santafé estábamos trasnochados y nerviosos. Todos, excepto don José González Llorente y su familia. Ellos eran los únicos que habían dormido tranquilos, porque don José González Llorente era un pan de Dios que nunca se metía en chismes, jamás hablaba de política con nadie, y por lo tanto él y su familia eran los únicos en  todo el virreinato que no sabían lo que estaba pasando. Don José González Llorente era chapetón, nacido en Cádiz, pero se había casado con una criolla, a la cual amaba y respetaba con veneración. Aparte de sus hijos y de su mujer, don José González Llorente mantenía en su casa a doce mujeres más: once hermanas de su esposa y la mamá de todas. Era, en  consecuencia, un santo, y Dios lo debe tener en su gloria. Su generosidad era proverbial, su simpatía por los criollos evidente, su tienda estaba muy bien situada, a pocos metros de la Catedral, bien surtida con paños y manteles y vajillas y cristales y floreros. Yo lo quería, porque siempre me regalaba algún dulce y me acariciaba la cabeza cuando yo iba a recoger  los tabacos para mi papá.
Apenas terminó la misa todo el mundo se desbandó para sus casas. Don José  González Llorrente, sus hijos, su mujer, su suegra y sus once cuñadas, seguidos por cuatro sirvientas almidonadas y un criado adolescente, se fueron muy en fila y se encerraron en su domicilio, sin hablar con nadie y pensando solamente en Cristo y sus apóstoles. La niebla de la mañana se había disipado. En la Plaza Mayor el mercado hervía de susurros y cuchicheos, pero en toda la ciudad se alcanzaba a oir el ruido que hacían la cachaquería y la chapetonería, a unísono, sorbiendo en sus hogares el chocolate caliente, el caldo de pollo y el cuchuco suculento del almuerzo. Gente timorata, zanahoria y rinconera, los santafereños de lustre refocilaban el estómago después del extenuante  esfuerzo de oir misa.
A las nueve de la mañana don José González Llorente abrió su tienda, situada en la Calle Real, ahí mismo donde está ahora la llamada "Casa del Florero". En ese momento yo estaba en mi casa, a cuatro cuadras de allí, recibiendo la siguiente orden de mi papá: "Vaya donde el señor Llorente y  observe la situación. Si ocurre alguna novedad, avísele a don José Acevedo y Gómez y después véngase a ver en qué lo necesito". Yo salí corriendo a cumplir el encargo, y llegué a mi puesto de observación en el preciso instante en que los hermanos Morales se dirigían al señor González Llorente con estas amables palabras: -"Oiga usted, señor, venimos a que nos preste el florero bonito ese que tiene para adornar la sala en la que vamos a darle la recepción a don Antonio Villavicencio. Ya sabemos que usted es un chapetón recalcitrante y que nos odia a los criollos, pero suponemos que no será tan grosero como para faltar a las reglas de la hospitalidad. ¿No es así?"
 El pobre don González Llorente se puso colorado, y tartamudeando de la sorpresa, contestó: -"¿Pero de dónde sacan vuestras mercedes, señores míos, que yo odio a los criollos? ¿Y por qué me hablan vuestras mercedes en ese tono tan insultante? ¿Les he faltado yo en algo alguna vez, he sido desatento con vuestras mercedes o con vuestras honradas esposas o madres o hermanas? ¡Por supuesto que pueden vuestras mercedes disponer del florero, y de toda mi tienda, que a mí no me importa si el agasajado es criollo o chapetón!"
-"¡Ajá! -respondió el más joven de los Morales- ¡de manera que insulta a nuestras madres, y esposas, y hermanas! ¡De manera que dice que no le importan, que se caga en los criollos! ¡De manera que se niega a prestar el florero, solamente porque el agasajado es criollo! ¡Viejo cabrón, miserable, chapetón de mierda, ahora mismo vas a a ver cuánto valemos los criollos!"
La famosa bofetada que uno de los Morales dio al pobre señor Llorente condujo, según dicen los señores historiadores, al nacimiento de la Patria. Según eso, yo fui uno de los testigos más  cercanos en ese parto doloroso, según se puede observar en ese grabado histórico. Yo soy, naturalmente, el mocoso que tiene las manos en los bolsillos.
El tumulto que se armó entonces fue tremendo. La gente se arremolinó, gritando contra el pobre señor González Llorente, y a mí me dió la  impresión de que todos sabían exactamente cómo tenían que moverse y qué  tenían que gritar. Todos, menos don José González Llorente, que estaba muy  aturdido, muy azorado, muy sorprendido y muy achicopalado. En esto llegó don Francisco José de Caldas, con sus botas muy lustradas y su cuello de encaje, y una sonrisa maliciosa en la mitad de la cara, y saludó muy amablemente a don José González Llorente. Eso me pareció muy absurdo, y al  comienzo no entendí por qué Caldas hacía eso. Era imposible que él no se hubiera dado cuenta del tumulto. Pero comprendí de qué se trataba cuando uno de los Morales le dijo:
 -"Señor Caldas, es increíble que usted salude con amabilidad a este chapetón miserable, que ha insultado a los criollos, que ha dicho que se caga en todos nosotros, y que se ha negado del modo más vulgar y soez a cumplir con los deberes de la hospitalidad".  Caldas miró a los Morales, a la muchedumbre, a don José González Llorente que estaba congestionado por la sorpresa, la humillación y el espanto, y dijo con una tranquilidad brutal, amable y sonriente:
 -"Pues si es verdad lo que vuestras mercedes me dicen, tengo que retirar el saludo que acabo de ofrecer". Don Gónzalez Llorente pareció hundirse en el abismo de un colapso cardíaco. La multitud volvió a gritar y yo salí corriendo de allí y me fui a contarle todo a don José Acevedo y Gómez, como mi papá me había ordenado, y luego me dirigí a toda velocidad a la casa, a esperar  instrucciones.  Mi papá se mostró muy satisfecho de mi prontitud y disciplina, y me dio un buen chocolate con colaciones. Estábamos en esas cuando llegó, muy agitado, nuestro pariente y amigo don José María Carbonell, diciendo que a don José González Llorente le habían dado una paliza fenomenal, y que la muchedumbre andaba cazando ahora a un oidor -no recuerdo su nombre-, y que ya era hora de poner en movimiento "la máquina popular". Mi papá estuvo de acuerdo y me dijo: "Váyase ahorita mismo con José María, obedézcalo en todo, no se separe de él y pórtese bien. Ahora es usted un ciudadano y un patriota". Me miró a los ojos con mucho cariño y me dio una palmada en el hombro. Yo le besé las manos y me fui con Carbonell, que parecía un torbellino. Nos trepamos por la Candelaria, hasta el barrio de Egipto, y Carbonell alborotó allí a más de dos mil personas que se bajaron hasta la Plaza Mayor con palos y picas y piedras y cuchillos. Después corrimos hasta San Victorino y de ahí trajimos a tres mil energúmenos dispuestos a desbaratar el Reino a patadas. Lo mismo hicimos en el barrio de Las Nieves. En suma, nos recorrimos en unas horas todos los huecos de Santafé donde había  pobres y chusma, y a las seis de la tarde teníamos una muchedumbre  enfurecida en la Plaza Mayor, varios oidores presos, los chapetones escondidos en los entretechos de sus casas y los criollos repartiendo órdenes, contraórdenes y desórdenes. Lo demás ya lo conocen ustedes, porque fueron a la escuela y ahí les echaron el cuento completo. Sabrán, por lo tanto, que mientras José María Carbonell alborotaba a los artesanos, peones y obreros, don Francisco Morales, cumpliendo órdenes del doctor Azuero Plata, comunicaba al cuartel del Regimiento Auxiliar la noticia de los alborotos y lograba que el jefe de dicha fuerza, don José Moledo, se uniera con su batallón a las fuerzas  patriotas. Entretanto, los criollos más notables se autodesignaron con el título de tribunos o portavoces del pueblo, y en nombre del pueblo  enviaron emisarios al virrey con la petición de que permitiera realizar de inmediato un Cabildo Abierto. El virrey, señor Amar, terco y porfiado como  un ladrillo gallego, se negó repetidas veces a conceder el permiso y al promediar la tarde, con torpe arrogancia, recibió al último de los comisionados, don Ignacio de Herrera, con la tajante expresión "¡Ya he dicho!" y luego le volvió la espalda de manera insultante. Yo estaba ya de regreso en mi casa cuando llegó allí un mensajero con el cuento de lo que había dicho el virrey. Mi papá, alarmado, comentó: "Eso quiere decir que el señor Amar se propone aplastarnos a sangre y fuego".  Pero a los cinco minutos llegó otro mensajero con la información de que don Juan Sámano le había pedido autorización al virrey para sacar las tropas regulares a la calle a fin de restablecer el orden a balazos y que el virrey le había negado ese permiso y en cambio le había ordenado mantenerse quieto en su cuartel. Al oír esta noticia, mi papá se quedócomo atontado y uno de los criollos presentes, no recuerdo cuál de ellos, dijo con una sonrisa: "Eso quiere decir que el señor Amar es bobo de remate, y que ahora podemos hacer lo que se nos dé la gana". Dicho y hecho. Los miembros del Cabildo y los notables criollos decidieron realizar el Cabildo Abierto sin la licencia del virrey y comenzaron a enviar las citaciones, a convocar a la muchedumbre que recorría las calles, enardecida y furibunda, y a organizar los piquetes de vigilantes y activistas. A las cinco de la tarde, una horda de lagartos, aduladores, tinterillos, chismosos, oportunistas y sapos de todos los colores, llegaron donde el señor virrey a contarle que los criollos iban a pasar por encima de su autoridad. El señor virrey dijo entonces:
 - "He dicho que no habrá cabildo sin mi permiso. Si son tan subversivos que se atreven a hacerlo, entonces les doy permiso para que hagan Cabildo Extraordinario".
 Cuando la muchedumbre alborotada oyó esto, la carcajada fue inmensa y toda la revolución estuvo a punto de fracasar, porque la gente se desmayaba de la risa. La seriedad revolucionaria se restableció cuando don José Acevedo y Gómez se trepó a un balcón y gritó con todas sus fuerzas:
 - "¡Esta vaina no es una fiesta, carajo! ¡Con semejante indisciplina es imposible organizar el desorden! ¡Si dejamos pasar este momento de verraquera, si no aprovechamos la papaya que nos están dando, antes de doce horas los chapetones nos van a hacer comer mierda a todos juntos!" Esta es la frase inmortal que, por respeto a las señoras, las señoritas y los niños, la historia oficial ha registrado así:
- "¡Si perdéis este momento de efervescencia y calor, si dejáis escapar esta ocasión única y feliz, antes de doce horas seréis tratados como insurgentes!"
Sea como fuere, el pueblo quedó tan impresionado con la vibrante elocuencia de don José Acevedo y Gómez, que desde ese mismo momento lo bautizó con el apodo de El Tribuno del Pueblo . A las seis de la tarde una inmensa multitud llenaba la Plaza Mayor y todas las calles adyacentes. Todas las campanas tocaban a rebato. La guardia de la cárcel intentó hacer una salida contra el pueblo, pero fue desarmada y bombardeada con piedras, tomates, verduras, huevos podridos, escupitajos y toda clase de insultos por las gloriosas masas revolucionarias que con abnegación y heroísmo dieron así una prueba suprema de patriotismo  inmortal. Los pobres guardias, molidos a palo y cubiertos de saliva proletaria, fueron encerrados en la misma cárcel que debían guardar. A las seis y cuarto, más o menos, comenzó a sesionar el Cabildo  Extraordinario, como decía el ridículo permiso del virrey. Yo estaba en la plaza, al lado de mi papá y de José María Carbonell, y ví que éste último  hacía una seña a un vecino notable, quien de inmediato pidió la palabra y propuso que se eligiera por aclamación a don José Acevedo y Gómez como Tribuno del Pueblo. Así se hizo, con ruidosa aprobación de la muchedumbre. Alguien señaló entonces que la muchedumbre no podía votar porque el Cabildo era Extraordinario y no Abierto, y por lo tanto no era permitida la votación general. Don José Acevedo y Gómez dijo entonces: "¡Pues que la asamblea se constituya en Cabildo Abierto, y que el Cabildo Extraordinario se vaya al diablo!". Y así se hizo. Acto seguido, don José Acevedo y Gómez volvió a tomar la palabra y exigió, en nombre del pueblo, que se designara una Junta encargada de asumir el mando, y que cada uno de sus miembros debía ser aclamado por el pueblo. En  ese momento llegó un mensajero diciendo: "Que el señor virrey manda decir que él se ofrece a ser el presidente del Cabildo". Esto produjo otro despelote de risas y carcajadas. Don Ignacio de Herrera le dijo al mensajero: "Vaya y dígale al señor virrey que ya es tarde". A todas estas, yo me mantenía callado y serio observando los acontecimientos. A pesar de toda la euforia popular y de las expresiones de entusiasmo de mi papá y de todos los notables, yo estaba triste. José María Carbonell me preguntó: "¿Qué te pasa, muchacho? ¿No te gusta ver el  nacimiento de una Patria?". Yo le contesté: "Sí, me gusta, pero me da tristeza pensar en el señor Llorente. Él es una buena persona, y hoy lo hemos maltratado todos de la manera más horrible. Me da pena y vergüenza". Carbonell se quedó mirándome fijamente, con esos enormes ojos negros que tenía, y me dijo: "Tienes razón. Mañana iremos juntos a la cárcel y le llevaremos comida, ropa y algunos libros".
Fue así como supe que al pobre don José González Llorente lo habían metido en el calabozo después de apalearlo, insultarlo y ultrajarlo. Ya nunca más volvería a tener su tienda bien surtida, ni me acariciaría la cabeza cuando yo fuera a comprar tabacos para mi papá, ni saludaría a los vecinos con esa voz ronca y tranquila que tenía. Ya nunca más volveríamos a verlo  en su peregrinación dominical a la iglesia, muy compuesto, con su mujer, su suegra y sus once cuñadas, sus hijos y sus sirvientes. Sentí un sabor amargo debajo de la lengua. Y más detalles de ese día no les puedo dar, porque me fui para la casa. Después supe que se había formado la Junta, que se había obligado a los militares a jurar obediencia al nuevo gobierno, que el virrey Amar había tenido que ceder a todas las exigencias de los patriotas, que se había dado libertad al canónigo Rosillo, quien desde hacía meses estaba preso por conspirador, y que cuando los miembros de la Junta fueron a visitar al señor Amar al palacio virreinal, se le dio orden a la guardia de presentar las armas "ante el pueblo soberano". Yo lamenté no haber visto eso personalmente, porque esa vez, el 21 de julio de 1810 por la mañanita, fue la primera ocasión en la historia de Colombia que se usó la expresión "el pueblo soberano" de manera pública, abierta y oficial. Parece también que ha sido la única vez que se respetó el significado de esa expresión. Pero esa es otra historia. Solamente les quiero contar, para terminar con este relato, que algunos meses más tarde salió del calabozo donde los criollos lo habían encerrado, aturdido, humillado y desconcertado, don José González Llorente. Se fue  para La Habana, en compañía de sus trece mujeres sollozantes y de tres  sirvientes y un perro, y desde allí mandaba a veces cartas preguntando por  qué lo habíamos tratado tan mal. Nadie le contestó nunca y no se le volvió a ver por aquí. Años más tarde visité en la cárcel a Caldas pocas horas antes de que lo  fusilaran. "Ahora -me dijo- es el momento de usar la O larga y negra partida". Y agregó: "Espero que hayas aprendido algo útil en estos años que hemos estado haciendo Patria". Yo le contesté, pensando en don José  González Llorente, en sus trece mujeres, en su perro, en sus sirvientes y en sus hijos: "Si, he aprendido que para hacer una Patria nueva hay que cometer infamias".
Caldas sonrió amargamente y me dió un abrazo muy largo y apretado, y yo le dejé una lágrima rodando por la manga de su camisa desabrochada. No pudimos hablar más. Al amanecer lo fusilaron y le cortaron la cabeza.

      Estocolmo, julio de 1996.
      © Carlos Vidales
      
    


Moralidad del ciego y el tullido (Darío Fo)




MORALIDAD DEL CIEGO Y DEL TULLIDO (Dario Fo)

Ciego ¡Ayudadme, buena gente!... haced caridad a este pobre desgraciado, ciego de los dos ojos, y por suerte no puedo mirarme, que me daría tanta pena que me extraviaría.
Tullido Oh gentes de buen corazón, apiadaos de mí, que estoy tan baldado que al mirarme siento tanto espanto que quisiera salir por piernas, si no estuviera tan lisiado que no me muevo sin carrito.
Ciego Ay que no puedo andar sin estampar la cabeza en todas las columnas y en las esquinas... que alguien me ayude.
Tullido Ay que no consigo salir de este camino, se me han roto las ruedas del carrito y acabaré muerto de hambre en este lugar como no me ayude alguien.
Ciego Tenía un perrazo tan bueno que me acompañaba... se escapó tras una perra en celo... por lo menos creo que era hembra esa perra, que no veo y no estoy seguro... también pudo
ser un perro cochino vicioso, o un gato melindroso que le enamoró, a mi perro.
Tullido Socorro, socorro... ¿nadie tiene cuatro ruedas nuevas que prestarme para mi carrito? ¡Señor Dios, concédeme la gracia de esas cuatro ruedas!
Ciego ¿Quién se lamenta pidiendo ruedas a Dios?
Tullido Yo soy, el renco tullido con las ruedas rotas.
Ciego Acércate a mí, al otro lado del camino, que veré de ayudarte... No, no veré nada... si no es por un milagro... Bah, veremos, ¡ven!
Tullido No puedo ir hasta ahí... Dios maldiga a todas las ruedas del mundo y las vuelva cuadradas para que no puedan andar por ahí rodando.
Ciego Oh, si pudiese llegar derecho hasta ti... ten por seguro que te cargaría a hombros todo entero, menos las ruedas y el carrito. Nos volveríamos una sola criatura, de dos que somos...y ambos ganaríamos satisfacción. Yo me movería con tus ojos y tú con mis piernas.
Tullido ¡Oh, qué idea! Menudo cerebro debes de tener, lleno de ruedas y ruedecitas. ¡Oh, Dios nuestro señor me ha concedido la gracia de prestarme las ruedas de tu cerebro para que pueda volver a ir pidiendo limosna!
Ciego Sigue hablando, que me oriento... ¿voy bien por aquí?
Tullido Sí, ven tranquilo que estás en el buen camino.
Ciego Para no tropezar será mejor que me ponga a gatas. Oye, ¿voy derecho?
Tullido Tuerce un poco a la izquierda... ¡no tanto! Eso es una virada... suelta el ancla y retrocede... bien... fuera remos, arriba velas... endereza, endereza... bien, avanza seguro ahora.
Ciego ¿Me tomas por un galeón? Dame la mano cuando esté cerca.
Tullido ¡Te doy las dos! Ven, ven, niño guapo de tu mamá, que ya casi estás... ¡No! hostia... no te vayas a la deriva... endereza a la derecha... Oh, mi barcaza de salvamento...
Ciego ¿Te tengo? ¿Eres tú, de verdad eres tú?
Tullido ¡Soy yo, cegato de mi alma... deja que te abrace!
Ciego ¡No quepo en mí de gozo, lisiado de mis amores! Ven que te lleve... súbete a mi espalda...
Tullido Sí que me subo... date la vuelta... y bájate... ¡Aúpa! ¡Ya estoy!
Ciego No me claves las rodillas en los riñones... que me partes.
Tullido Perdona... es la primera vez que monto a caballo, no tengo costumbre.
Eh tú, ten cuidado, no vayas a tirarme al suelo, por lo que más quieras.
Ciego Ten por seguro que te cuidaré, compañero, como si fueras un saco de remolachas. Pero tú guíame derecho... no vayas a mandarme a pisar boñigas de vaca.
Tullido Prestaré atención, tranquilo. Por cierto, ¿no tendrás un hierro para que te lo ponga de bocado, y un par de correas para sujetarte el cuello? Me resultaría más fácil llevarte.
Ciego Vaya, ¿me tomas por un borrico? ¡Ay de mí, cómo pesas! ¿Cómo es que pesas tanto?
Tullido Tú camina... no gastes fuelle... ¡arre! Trota, cegato mío, y pon atención, que cuando te tire de la oreja izquierda, tienes que girar a la izquierda... y cuando tire...
Ciego ¡Ya te he entendido! No soy un borrico. ¡Oh! ¡No hay quien pueda, pesas demasiado!
Tullido ¿Pesar yo?... Pero si soy una pluma... ¡una mariposa!
Ciego Una mariposa de plomo, que si te caes al suelo abres un hoyo como para encontrar agua de manantial... ¡sangre de Dios! ¿Te has comido un yunque de hierro para almorzar?
Tullido Estás loco, llevo dos días sin comer.
Ciego Pues también llevarás dos meses sin cagar.
Tullido Muy gracioso... Dios es testigo... sólo llevo seis días sin hacer de vientre.
Ciego ¿Seis días? Dos comidas mínimo al día suman doce cubiertos. San Jerónimo, protector de los cargadores, estoy llevando un almacén de víveres para todo un año de carestía. ¡Lo lamento, pero te voy a descargar aquí mismo y tú hazme el santo favor de ir a descargar el almacenaje ilegal!
Tullido Para, para, ¿no oyes qué alboroto?
Ciego Sí, parece gente que grita y maldice. ¿Contra quién gritan?
Tullido Vete un poco atrás para que pueda mirar... apóyate aquí... Bien, ya lo veo... la han tomado con él... pobre Cristo.
Ciego ¿Pobre Cristo, quién?
Tullido Pues él, Cristo en persona... Jesús, hijo de Dios!
Ciego ¿Hijo de Dios? ¿Cuál?
Tullido ¿Cómo que cuál? ¡Su único hijo, ignorante! Un hijo santísimo... dicen que hace cosas admirables, maravillosas: cura enfermedades, las peores y más tremendas que hay en el mundo, a quien las soporta con ánimo alegre. Así que mejor nos largamos de este pueblo.
Ciego ¿Largarnos? ¿Y por qué razón?
Tullido Porque no puedo aceptar esta condición con alegría. Dicen que si ese hijo de Dios pasara por aquí, me haría el milagro de inmediato... y a ti también, de la misma manera... Piénsalo, como de verdad nos ocurra a los dos la desgracia de que nos libere de nuestras desgracias... De pronto nos veríamos obligados a buscar un oficio para poder tirar.
Ciego Pues yo digo que vayamos a ver a ese santo, para que nos saque de esta desgracia maldita.
Tullido ¿Lo dices de veras? Tendrás tu milagro, bien, y te morirás de hambre... porque todos te gritarán: «¡Tú, a trabajar!».
Ciego Ay, me entran sudores fríos sólo de pensarlo...
Tullido «Ve a trabajar, vagabundo», te dirán, «brazos robados a las galeras...». Y perderemos el gran privilegio que tenemos igual que los señores, que los amos, de recibir la gabela: ellos con los trucos de la ley, nosotros con la compasión. ¡Y todos a engañar bobos!
Ciego Vamos, huyamos de ese encuentro con el santo, antes prefiero morir. Uy madre mía... vamos... vamos volando al galope... ¡agárrate a mis orejas para que puedas guiarme lo más lejos posible de esta ciudad! Nos iremos incluso de la Lombardía... Iremos a Francia o a un sitio donde jamás pueda llegar ese Jesús, hijo de Dios... ¡Iremos a Roma!
Tullido Quieto, quieto, loco atolondrado, que te vas a caer...
Ciego ¡Oh, te lo ruego, sálvame!
Tullido Cálmate... que nos salvaremos los dos en compañía...todavía no hay peligro, pues la procesión que acompaña al santo aún no se ha movido.
Ciego ¿Qué hacen?
Tullido Le han atado a una columna... y están detrás, azotándole. ¡Uy, cómo le pegan esos energúmenos!
Ciego Pobre hijo... ¿por qué le pegan? ¿Qué les ha hecho a ellos... a esos energúmenos?
Tullido Ha venido a decirles que sean amorosos, igual que hermanos. Pero cuídate de tenerle compasión, que el mayor peligro es que nos haga milagro.
Ciego No, no le tengo compasión... para mí no es nadie, ese Cristo... yo nunca le he conocido... Pero dime qué le hacen ahora.
Tullido Le escupen... cerdos asquerosos, le escupen a la cara...
Ciego ¿Y él qué hace... qué dice, ese pobre santo hijo de Dios?
Tullido No dice, no habla, no se rebela... ni siquiera los mira enfadado, a esos energúmenos...
Ciego ¿Y cómo los mira?
Tullido Los mira con melancolía.
Ciego Querido hijo... no me cuentes nada de lo que va ocurriendo, que se me cierra el estómago... y siento frío en el corazón, y tengo miedo de que sea algo parecido a la compasión.
Tullido Yo también siento que el aliento se me detiene en la garganta y escalofríos en los brazos... Vamos, vámonos de aquí.
Ciego Sí, vamos a encerrarnos en uno de esos lugares donde se puede evitar conocer estos hechos dolorosos. Conozco una taberna...
Tullido ¡Escucha!
Ciego ¿Qué?
Tullido Ese alboroto... aquí cerca.
Ciego ¿No será el santo que llega?
Tullido Oh, Dios nos haga gracia, no me asustes que estamos perdidos... allí junto a la columna no queda nadie...
Ciego ¿Ni siquiera Jesús, hijo de Dios? ¿Dónde se han metido?
Tullido Ahí están... llegan todos en procesión... ¡estamos perdidos!
Ciego ¿Viene también el santo?
Tullido Sí, está en el medio... ¡cargado con una cruz enorme, el pobre!
Ciego No te pierdas en compasión... mejor date prisa en guiarme a algún sitio donde podamos ocultarnos de sus ojos...
Tullido Sí, vamos... tuerce a la derecha... corre, corre, antes de que pueda mirarnos, ese santo milagrero...
Ciego Oh, me he torcido el tobillo... no puedo moverme.
Tullido Que te venga un cáncer... ¿justo ahora?... ¿no podías mirar dónde ponías los pies?
Ciego Pues claro que no podía mirar... ¡soy ciego y no puedo verme los pies! ¿Cómo que no puedo? Sí que puedo... ¡me los veo! Me veo los pies... ¡oh, qué pies tan bonitos tengo! Santos y guapos... con todos sus dedos... ¿cuántos dedos? Cinco en cada pie... y con las uñas gordotas  y pequeñitas colocadas en fila... Oh, os quiero besar a todas, una a una.
Tullido Estás loco... despacio, que me vuelcas. Ay... me has matado... desgraciado... si pudiera darte de patadas... ¡toma!
(Le da una patada.)
Ciego Qué maravilla... también veo el cielo... y los árboles... ¡y las mujeres! (Como si las viera pasar.) ¡Qué guapas son las mujeres!... ¡No todas!
Tullido ¿Pero de verdad he sido yo quien te ha dado la patada?  Déjame probar otra vez: sí... sí... ¡Qué día tan aciago... estoy acabado!
Ciego ¡Bendito sea ese santo que me ha curado! Veo lo que no he visto en mi vida... he sido un pobre imbécil por querer rehuirle, pues no hay en el mundo cosa más dulce y alegre que la luz.
Tullido Que el diablo se lo lleve y con él, a todos los agradecidos... ¿Tenía yo que ser tan miserable y desventurado como para que me mirara ese hombre lleno de amor? ¡Estoy desesperado! Me tocará morir con las tripas vacías... ¡me comería estas piernas sanadas así, crudas, de pura rabia!
Ciego El loco era yo, ahora lo veo claro, por querer escapar del buen camino para quedarme en el oscuro... ¡sin saber que poder ver era un premio tan grande! Oh, qué bonitos los colores coloreados... los ojos de las mujeres... los labios y todo lo demás... qué bonitas las hormigas y las moscas... y el sol... ¡no puedo esperar a que llegue la noche para ver las estrellas e ir a la taberna a descubrir el color del vino! \Deo gratias, hijo de Dios!
Tullido Ay de mí... tendré que servir a un amo y sudar sangre para poder comer... Oh desventura desventurada y puerca... Tendré que ir en busca de otro santo que me conceda la gracia de lisiarme otra vez los jarretes...
Ciego Hijo de Dios maravilloso... ¡no hay palabras ni en vulgar ni en latín que puedan decir que tu piedad es como un río crecido! ¡Aplastado bajo una cruz, aún te queda tanto amor como para pensar en las desgracias de desgraciados como nosotros!


Me caí del mundo y no se por donde se entra (Eduardo Galeano)

     





                                   
ME CAI DEL MUNDO Y NO SE POR  DONDE ENTRAR

     Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.

    
No hace tanto, con mi mujer, lavábamos los pañales de los críos, los colgábamos en la cuerda junto a otra ropita, los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.

    Y ellos, nuestros nenes, apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda, incluyendo los pañales.

    ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables! Si, ya lo sé. A nuestra generación siempre le costó botar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables! Y así anduvimos por las calles guardando los mocos en el pañuelo de tela del bolsillo.

    ¡¡¡Nooo!!! Yo no digo que eso era mejor. Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra. Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto. Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.

    ¡Guardo los vasos desechables!

    ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez!

    ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de acero inoxidable en el cajón de los cubiertos!

   Es que vengo de un tiempo en el que las cosas se compraban para toda la vida!

    ¡Es más!
    ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
    La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, vajillas y hasta palanganas de loza.
    Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de refrigerador tres veces.

    ¡¡Nos están fastidiando! ! ¡¡Yo los descubrí!! ¡¡Lo hacen adrede!! Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo. Nada se repara. Lo obsoleto es de fábrica.

    ¿Dónde están los zapateros arreglando las media-suelas de los tenis Nike?
     ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando colchones casa por casa?
    ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista?
    ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
    Todo se tira, todo se desecha y, mientras tanto, producimos más y más y más basura.

    El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
    El que tenga menos de 30 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el que recogía la basura!!
    ¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de... años!
    Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)

    No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en la Fiesta de San Juan .
    Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban. De 'por ahí' vengo yo. Y no es que haya sido mejor.. Es que no es fácil para un pobre tipo al que lo educaron con el 'guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo', pasarse al 'compre y bote que ya se viene el modelo nuevo'.Hay que cambiar el auto cada 3 años como máximo, porque si no,  eres un arruinado. Así el coche que tenés esté en buen estado . Y hay que vivir endeudado eternamente para pagar el nuevo!!!!  Pero por Dios.

    Mi cabeza no resiste tanto.

    Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que, además, cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real.

    Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya si era un nombre como para cambiarlo) Me educaron para guardar todo. ¡¡¡Toooodo!!! Lo que servía y lo que no. Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.

    Si, ya lo sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no. Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas del jardín de infantes y no sé cómo no guardamos la primera caquita. ¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?

    ¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente, no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con la que se consiguieron?

    En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto. Y guardábamos.. . ¡¡Cómo guardábamos!! ¡¡Tooooodo lo guardábamos!! ¡¡Guardábamos las tapas de los refrescos!! ¡¿Cómo para qué?! Hacíamos limpia-calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares. Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela. ¡Tooodo guardábamos!

    Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraban al terminar su ciclo, inventábamos la recarga de los encendedores descartables. Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de sardinas o del corned-beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave. ¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.

    Las cosas no eran desechables. Eran guardables. ¡¡¡Los diarios!!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para pone r en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡¡¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al trozo de carne!!!

    Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque para hacer cuadros y los goteros de las medicinas por si algún medicamento no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos y los mazos de naipes se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía 'éste es un 4 de bastos'.

    Los cajones guardaban pedazos izquierdos de pinzas de ropa y el ganchito de metal. Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en una pinza completa.

    Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos. Así como hoy las nuevas generaciones deciden 'matarlos' apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada: ¡¡¡ni a Walt Disney!!!

    Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron: 'Cómase el helado y después tire la copita', nosotros dijimos que sí, pero, ¡¡¡minga que la íbamos a tirar!!! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas. Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos. Las primeras botellas de plástico se transformaron en adornos de dudosa belleza. Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de botellones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.

    Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡No lo voy a hacer!!! Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad son descartables.

    Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.. No lo voy a hacer. No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne. No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo,pegatina en el cabello y glamour.

    Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares. De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la 'bruja' como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva. Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo de que la 'bruja' me gane de mano y sea yo el entregado.

     Eduardo Galeano


martes, 13 de diciembre de 2016

Las flores del argelino (Marguerite Duras)



Las flores del argelino

Es domingo por la mañana, las diez, en el cruce de las calles Jacob y Bonaparte, en el barrio de Saint-Germain-des-Prés, hace diez días.

Un joven que viene del mercado de Buci avanza hacia este cruce. Tiene veinte años, viste miserablemente, y empuja una carretilla llena de flores: es un joven argelino, que vende flores a escondidas, como vive.

Avanza hacia el cruce Jacob-Bonaparte, menos vigilado que el mercado, y se detiene allí, aunque bastante inquieto.

Tiene razón.

No hace aún diez minutos que está allí –no ha tenido tiempo de vender ni un solo ramo- cuando dos señores “de civil” se le acercan. Vienen de la Calle Bonaparte.

Van a la caza.

Nariz al viento, husmeando el aire de este hermoso domingo soleado, prometedor de irregularidades, como otras especies, el perdigón, van directo hacia la presa.
-       ¿Papeles?

No tiene papeles de autorización para entregarse al comercio de flores.

Así, pues, uno de los dos señores se acerca a la carretilla, desliza debajo su puño cerrado y –eh!, ¡qué fuerte es!- de un solo puñetazo vuelca todo el contenido.

El cruce se inunda de las primeras flores de la primavera (argelina).

Ni Eisenstein, ni nadie, están ahí, para captar la imagen de las flores por el suelo que mira el joven argelino de veinte años, escoltado a uno y otro lado por los representantes del orden francés. Los primeros coches que transitan por allí, y esto no puede impedirse, evitan destrozar las flores, esquivándolas instintivamente mediante un rodeo.
Nadie en la calle, excepto, sí, una mujer, una sola:

-       ¡Bravo!, señores –exclama-. Ven ustedes, si se hiciera eso cada vez, nos
libraríamos  pronto de esta chusma. ¡Bravo!

Pero viene del mercado otra mujer, que iba tras ella, mira, tanto las flores como al joven criminal que las vendía, y a la mujer jubilada, y  a los dos señores. Y sin decir palabra, se inclina, recoge unas flores, se acerca al joven argelino, y le paga. Después de ella, llega otra mujer, recoge y paga. Después de ésta, llegan otras cuatro mujeres, se inclinan, recogen y pagan. Quince mujeres. Siempre es silencio. Aquellos señores patalean. Pero ¿qué hacer? Esas flores están en venta y no se puede impedir que se quiera comprarlas.
Apenas han pasado diez minutos. No queda ni una sola flor por el suelo.

Después de esto, los citados señores pudieron llevarse al joven argelino al
puesto de policía.

(Marguerite Duras – France-Observateur 1957)